sábado, 9 de julio de 2011

Fui criada para ser infalible y siendo me equivoqué.


 Desde pequeña el modelo de comportamiento que he tenido en mi casa ha sido el de la excelencia y desprecio a la mediocridad. En un país donde queda todo por hacer  y por ser, pues todo es provisional y todo se empieza pero nada se continúa, mucho menos se termina, la mediocridad es muy normal y no solo en el ámbito político y laboral sino también en el ámbito personal. Fui criada para ser infalible, fui criada en un ambiente donde si bien había cabida para las opiniones y las ideas las ejecuciones de las mismas no aceptaban errores, demoras incluso no aceptaban variaciones. Pero por qué el temor a equivocarse? Cuántos chances se tienen en la vida para equivocarse? Quién lleva esa cuenta?

Este enfoque que se tiene de la vida tiene mucho que ver con la noción del hombre moderno no en el sentido del hombre en tanto figura humana nueva e idealista sino en tanto figura que se convierte en una máquina una vez cubiertas todas sus necesidades básicas carnales y espirituales. Ya mucho tiempo le dedicaron los filósofos en la antigua Grecia, en el Renacimiento y luego con la Ilustración para que estemos como raza filosofando por ahí; ahora las necesidades y prioridades son otras: o haces o desapareces. El hombre moderno es una figura que se replica por todos lados del mundo con distintos colores de piel y bajo distintos idiomas pero dada la pérdida de la escala en cuanto a los negocios, redes de comunicación y tecnologías se refiere, entiéndase esta pérdida como la globalización, todos los hombres tienen las mismas cualidades y características para competir por lograr lo que quieren. Bajo esa premisa y soportado por un carácter fuerte  y a prueba de sensiblerías, el hombre máquina hace y hace a veces sin pensar; para evitar hacerse vulnerable se hace una coraza que lo protege de los daños del exterior y que algunas veces distorsiona la imagen interna del individuo. El hombre máquina sabe que cuando haya hecho las cosas éstas tienen que estar perfectas para tener mérito propio pero también para sortear las inconformidades y frustraciones de sus “superiores” exitosamente.

Pero aunque nos empeñemos en ser máquinas nunca hemos dejado de lado nuestra condición humana es decir que mientras más robótica sea la actitud hacia la vida y si sigue encendido el modo “humano sensible” más se sufre. Hay quienes han logrado apagar completamente este modo y simplemente se mueven por la vida reemplazando su inteligencia por otra inteligencia esta vez artificial. Hay también quienes no quieren tener nada que ver con esta actitud industrial, por así llamarla, y pasan la vida auto perdonándose y siendo autoindulgentes. Y los hay también como yo que cual disco duro de la iMac que necesita ser dividido para que funcione como PC y como Machintosh, vivimos tratando de balancear la sazón de la vida para ser un poco felices. 

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