Hablar de amor estos días es prácticamente imperativo pero no en la visión negativa de una imposición sino en la recurrencia de un discurso amoroso producto del 14 de febrero. Se dice por ahí que San Valentín fue un cura que en los oscuros tiempos de la Baja Edad Media casaba doncellas y caballeros a pesar de estar prohibido hacerlo en los feudos por las autoridades del momento. De allí que fuera bautizado el santo del amor. Se sabe, a diferencia de lo anterior, que en el románico fue cuando nació el concepto del amor como lo celebramos hoy en día. Gracias a los cuentos de caballería protagonizado por doncellas y caballeros, por princesas y príncipes, el amor pasó a ser algo, ya no lo confundiríamos más con el compromiso o los matrimonios arreglados por encima de los intereses “impertinentes” de los novios.
Sea hace quince siglos o sea ahora el amor es algo que escapa realmente de la comprensión, lógica y capacidad de racionalización. Por eso es el objeto favorito de las artes pues al igual que ellas no se puede medir, cuantificar o calificar sino solamente expresarse, dibujarse, cantarse o incluso esculpirse. Es un error intentar entender el amor; quien lo hace puede sufrir graves trastornos. Y quien pretende entender por qué unos si y otros no, ja! Peor aun. Esos no han terminado de plantearse el porqué cuando ya se han estortillado. Nada nuevo, lo se. Pero sacar las cosas de adentro las hace más claras y tan evidentes que es vergonzoso.