Para nadie creo es un secreto mi encanto por Buenos Aires. Buenos Aires, y no Argentina, es un lugar a medio camino entre nosotros y Europa. Ni siquiera es entre nosotros y el desarrollo porque tiene muchos problemas de desarrollo al igual que los puede tener Caracas o cualquier ciudad latinoamericana e incluso cualquier ciudad suprahabitada del mundo. Pero dentro del ritmo de vida contemporáneo y un esquema de ciudades que centralizan todas las actividades en ellas en detrimento del desarrollo de otras, habría que preguntarse cuándo está una ciudad suprahabitada; quién dice basta de gente, hasta esta altura de la cola vamos a atender hoy.
Buenos Aires es una ciudad bendecida con una planicie costera que facilitó su crecimiento y desarrollo urbano y a pesar de que tiene una presencia natural importante como lo es el Río de la Plata, carece de ángel paisajístico, cosa de lo que si podemos alardear los caraqueños. Allá el paisaje, entendido como la suma de todos los aspectos en que se desarrolla la vida, está constituido por lo construido, la gente y sus costumbres, pues en Buenos Aires lo que se ve en la calle no es otra cosa que toneladas de edificaciones es estilos aparentemente claros pero de un eclecticismo enorme y una hordas de gente caminando por la calle a una velocidad incomprensible hasta para un venezolano que con su rutina agotadora y veloz del día a día la encuentra asombrosa. Pero ya di con la razón de nuestro asombro; es porque los venezolanos no caminamos. A otra sociedad caminadora no le asombraría tanto ver a la gente poniendo a sus pulmones ante tal exigencia.
La capital argentina tiene una gran autoconsciencia de cómo es y hace todo lo posible por respetarla rendirle culto. Ciertas partes de la ciudad detentan el poder y lo demuestran en construcciones enormemente altas que hacen preguntarse qué pasa con la escala pero son muchas más las edificaciones pequeñas que con sus determinantes medianeras y baja altura denotan el bagaje histórico porteño del que la ciudad no quiere para nada desprenderse.
Sin embargo hay piezas arquitectónicas cuyo valor es enorme e impacto en la ciudad es mínimo, cosa que en una ciudad con el síndrome de Peter Pan de no querer crecer, es decir, modernizarse, es destacable y agradecible. Una de ellas es el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Esta edificación se encuentra sobre una avenida norte-sur que es el eje museístico de la ciudad, por albergar en ella los dos más grandes museos de la ciudad el Museo Nacional de Bellas Artes, Museo de Arte Latinoamericano, así como varios centros culturales que animan la vida a nivel local, la Biblioteca Nacional del arquitecto argentino Clorindo Testa y hasta un Museo de la Arquitectura. El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, de ahora en adelante MALBA, es una edificación de un estilo indudablemente moderno y un carácter institucional destacable. Es además una pieza perfecta creo para ejemplificar las estrategias formales y compositivas con las que contamos arquitectos para diseñar edificaciones, dar respuesta a programas y en definitiva esculpir espacio y forma.
Este museo da la sensación de ser una enorme pieza de mármol esculpida con ambiciosa intensión de querer ser vista pero al ser pétrea, pesada, necesita ser vista desde adentro. Desde afuera es poco lo que se puede hacer pero es mucho lo que se entiende recorriéndola por todas sus caras, cosa que es un privilegio pues se encuentra en un solar no medianero no muy común en Buenos Aires. Una vez adentro se descubre un gran vacío central no ortogonal. Esta no ortogonalidad en la totalidad del desarrollo de la edificación puedo especular que se debe a una búsqueda formal digna de un museo, es decir, no responde a determinantes contextuales que la obliguen a ser así sino a un espíritu propio y posmoderno que nos dice por qué no?
A parte de las salas de exposiciones que tiene, cuenta con una terraza de esculturas suspendida sobre una calle secundaria que con su frondosa y alta vegetación, pues la terraza se encuentra a la altura de un tercer piso, te hace sentir que estás lejos del bullicio de la ciudad cuando realmente en esa avenida tan concurrida no lo estás. También tiene un café que ocupa un volumen de vidrio que llega al suelo y a través del cual se puede acceder sin ningún problema a la Plaza República de la India, una plaza casi vecinal que se encuentra contigua, cosa que en nuestro país estaría impedido por rejas, puertas, vigilantes antipáticos o a veces vigilantes que en vez de cuidar la edificación de la delincuencia se ocupan de decirle a los ciudadanos dónde se pueden sentar y dónde no, es decir, tienen la ambición de poder moldear la conducta humana urbana. A dónde va un país donde la ocupación de los espacios públicos es condenada y coartada de raíz? No creo que ningún buen sitio.
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